Aventuras y desventuras de una familia de abolengo

Aunque el comienzo de este blog pareciera algo así como un relato medieval sobre algún caballero de noble armadura, no tengo tantas pretensiones, ni me voy a dedicar a contar aquí mi árbol geneálogico, que, por cierto, se extiende muchas generaciones atrás, tantas que ya me da mareo el recordarlo. El apellido Palahí procede del noreste de España, y en la actualidad tiene varias ramas por diferentes regiones del país; si alguien está interesado, que no se corte, se busque un buen archivo de heráldica, y empiece a informarse sobre todos mis nobles antepasados.

Sí amigos, tengo un apellido de origen noble, pero yo, hijo de un médico y de una ama de casa, no soy lo que se dice un aristócrata, ni siquiera un chico de familia bien (una forma bonita de decir “pijo”). De hecho, no lo somos ninguno de mis dos hermanos y yo, sólo habría que preguntarle a mi madre, que no paraba de decir durante años que parecíamos salidos de una alcantarilla, por lo guarros que éramos, lo mal que hablábamos y cómo nos portábamos; aunque intentaron darnos la mejor educación, y no fue tan mala dado que podríamos considerarnos de clase media, nosotros hicimos todo lo necesario para que no cuajara, y además nos encantaba juntarnos con todos aquellos que eran considerados “malas compañías”: cuanto más malas, mejor.

Claro que eso fue durante la época rebelde que todos los jóvenes tienen, luego nos asentamos y nos volvimos unos aburridos hombres de bien, aunque en realidad, ni tan aburridos de tan de bien. Esto es un secreto que mis padres no deben conocer en la vida, aunque para ello no sé si esta página ha sido buena idea; claro que me queda el consuelo de que mis padres no son de la nueva era, y no tienen demasiado interés en los blogs de opinión, por suerte. Así que me dedicaré a contaros lo que la última generación de Palahí estuvo viviendo durante algunos años, porque la verdad es que tiene historia, y se me hace injusto que sólo unos cuantos amigos íntimos llegaran a saber en qué andábamos en la época más divertida y alucinante de nuestra vida.

Espero que todos os divirtáis o por lo menos os entretenga, pero un aviso a navegantes: no sintáis la tentación de repetir ninguna de nuestras aventuras. Primero, los tiempos de ahora no son los de antes; y después, tengo que admitir que gozamos de una suerte excepcional en todas las trastadas que se nos ocurrió, y si no acabamos en ningún lío grave, fue solamente cosa de fortuna. Y puede ser que no se vuelva a repetir.

Rene Holt